miércoles, 13 de mayo de 2026

El señor Abilio.

Mi suegro Geramel le echaba bromas
al señor Abilio porque tenía
un gran parecido con el actor Anthony Quinn
Algo mas acá de Cabeza de Toro, en la carretera hacía la antigua sede de la Universidad Rafael Urdaneta, estaba la posesión del señor Abilio, una casa rural rodeada por sus inmensos Mangos y Nísperos, destacándose el hermoso lugar desde la carretera, entre otros árboles de Limón, Cocos, Guayabas, Ratón, Robles y Bucares.

Un buen día mi suegro que era un entusiasta de los caballos, se compró una Yegua y le pidió al señor Abilio se la guardará en su predio, unos días después me llevó hasta la estancia del señor Abilio para mostrarme su Potra, esa vez aprovechamos la ocasión para compartir una amena conversación y tomarnos unas cervezas, mientras contemplábamos la yegüita comiendo pasto seco bajo la sombra del Limón situado al fondo de la casita, donde el señor Abilio atendía su negocio de venta de víveres, entre otras mercaderías pues hasta repuestos de bicicletas dispensaba a su numerosa clientela, gente del lugar y de sus vecinos, que no tenían otro sitio más cercano donde comprar, cubriendo el Abasto del señor Abilio sus necesidades a precios razonables.

A mi que siempre me invitó la apacible vida campestre, admiraba al señor Abilio, buen amigo asceta en ese apartado lugar rodeado de sus cosas y de aquella verde arboleda que le serbia de marco existencial, atendiendo su modesto pero bien surtido comercio, amigo silencioso, modesto, siempre ecuánime en el trato y serio, siempre escuchaba, te trataba de amigo, amigo José Luis te llamaba, el amigo Geramel, el amigo este el amigo el otro, en fin hombre cordial de sonrisa reposada sin escándalos.

Bajo la fresca sombra del inmenso Limonero, compartimos unas cuantas cervezas, escuchando los cuentos de camino del suegro Geramel y el señor Abilio lo escuchaba interviniendo apenas para afirmar uno que otro comentario, total entre chistes y anécdotas de la vida de mi suegro como buen vendedor de partes automotoras, transcurrió la tarde en sana conversación, degustando los fermentos del lúpulo y la cebada, elixir mágico que alegra las horas.

Hecha la amistad con el señor Abilio, uno que otro los fin de semana en Domingo solía visitar con mi familia al señor Abilio, hacía sancochos, parrillas, bajo un árbol de Mango hacia el lado este de su posesión, donde llegaba directa la brisa norte desde la cercana costa playera del Lago, mamá también nos acompañaba y hasta llegué a trasladar a Tío Dimas y Tía Espíritu para pasarnos un Domingo familiar compartiendo las frías cervezas dispensadas por el señor Abilio desde su negocio, yo le hacía el pedido y el nos traía la cava repleta de heladas espumosas, mientras yo montaba la leña y aviva la candela para el sancocho de costilla de res que luego extendía en una parrilla para asarla, gozando el ambiente y la tranquilidad del lugar.

Por el año 1995, me encontré en una etapa de esas que uno llama de pelazón, sin mayores comentarios por hechos y circunstancias de todos conocidos para ese entonces, el asunto fue que me dejé llegar hasta el negocio del señor Abilio para tratar de resolver el mercado del mes, planteándole mi problema no me dejó terminar –¿que te vais a llevar?- colocándome a mis pies una caja grande de cartón, en ella coloqué pasta, arroz, harina de maíz y de trigo,  margarina, salsa de tomate, salsa inglesa, 4 pollos, un cartón de huevos, leche en polvo, café, azúcar, avena, cereal de maíz, caraotas, frijolillos y alverjas, me regresé a casa con el fiao contento y resuelto.

Ya al mes siguiente Gracias a Dios, comencé a laborar en la administración pública tributaria hasta el Sol de hoy, y con mi primer sueldo lo primero que hice fue ir a cancelarle el crédito al señor Abilio, aún así extrañado el muy buen amigo por el pronto pago le di la buena noticia de mi nuevo empleo, aceptándome el pago, esas son las aptitudes que uno agradece y nunca olvida de quienes desinteresadamente te dieron una mano cuando más lo necesitaste, y dar las gracias a Dios por indicarnos el camino hacía esas buenas personas que iluminan con su presencia y amistad.


Por muchos años seguí frecuentando al señor Abilio, hasta que un día, sus hijas encontraron al señor Abilio dormido eternamente, se marchó con el mismo sigilo que lo caracterizó en su soledad, rodeado de sus pertenencias y mercaderías producto de su trabajo y esfuerzo, la casita se quedó sin su único habitante, dejando su ausencia el buen recuerdo póstumo de un gran amigo entre sus vecinos y numerosa clientela.     

JLReyesM. 

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