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| Mi suegro Geramel le echaba bromas al señor Abilio porque tenía un gran parecido con el actor Anthony Quinn |
Algo mas acá de Cabeza de Toro, en la carretera hacía la antigua
sede de la Universidad Rafael Urdaneta, estaba la posesión del señor Abilio,
una casa rural rodeada por sus inmensos Mangos y Nísperos, destacándose el hermoso
lugar desde la carretera, entre otros árboles de Limón, Cocos, Guayabas, Ratón,
Robles y Bucares.
Un
buen día mi suegro que era un entusiasta de los caballos, se compró una Yegua y
le pidió al señor Abilio se la guardará en su predio, unos días después me
llevó hasta la estancia del señor Abilio para mostrarme su Potra, esa vez
aprovechamos la ocasión para compartir una amena conversación y tomarnos unas
cervezas, mientras contemplábamos la yegüita comiendo pasto seco bajo la sombra
del Limón situado al fondo de la casita, donde el señor Abilio atendía su
negocio de venta de víveres, entre otras mercaderías pues hasta repuestos de
bicicletas dispensaba a su numerosa clientela, gente del lugar y de sus
vecinos, que no tenían otro sitio más cercano donde comprar, cubriendo el
Abasto del señor Abilio sus necesidades a precios razonables.
A mi
que siempre me invitó la apacible vida campestre, admiraba al señor Abilio, buen
amigo asceta en ese apartado lugar rodeado de sus cosas y de aquella verde
arboleda que le serbia de marco existencial, atendiendo su modesto pero bien
surtido comercio, amigo silencioso, modesto, siempre ecuánime en el trato y
serio, siempre escuchaba, te trataba de amigo, amigo José Luis te llamaba, el
amigo Geramel, el amigo este el amigo el otro, en fin hombre cordial de sonrisa
reposada sin escándalos.
Bajo
la fresca sombra del inmenso Limonero, compartimos unas cuantas cervezas,
escuchando los cuentos de camino del suegro Geramel y el señor Abilio lo
escuchaba interviniendo apenas para afirmar uno que otro comentario, total
entre chistes y anécdotas de la vida de mi suegro como buen vendedor de partes
automotoras, transcurrió la tarde en sana conversación, degustando los
fermentos del lúpulo y la cebada, elixir mágico que alegra las horas.
Hecha
la amistad con el señor Abilio, uno que otro los fin de semana en Domingo solía
visitar con mi familia al señor Abilio, hacía sancochos, parrillas, bajo un
árbol de Mango hacia el lado este de su posesión, donde llegaba directa la
brisa norte desde la cercana costa playera del Lago, mamá también nos
acompañaba y hasta llegué a trasladar a Tío Dimas y Tía Espíritu para pasarnos
un Domingo familiar compartiendo las frías cervezas dispensadas por el señor
Abilio desde su negocio, yo le hacía el pedido y el nos traía la cava repleta
de heladas espumosas, mientras yo montaba la leña y aviva la candela para el
sancocho de costilla de res que luego extendía en una parrilla para asarla,
gozando el ambiente y la tranquilidad del lugar.
Por
el año 1995, me encontré en una etapa de esas que uno llama de pelazón, sin
mayores comentarios por hechos y circunstancias de todos conocidos para ese
entonces, el asunto fue que me dejé llegar hasta el negocio del señor Abilio
para tratar de resolver el mercado del mes, planteándole mi problema no me dejó
terminar –¿que te vais a llevar?- colocándome a mis pies una caja grande de
cartón, en ella coloqué pasta, arroz, harina de maíz y de trigo, margarina, salsa de tomate, salsa inglesa, 4
pollos, un cartón de huevos, leche en polvo, café, azúcar, avena, cereal de
maíz, caraotas, frijolillos y alverjas, me regresé a casa con el fiao contento
y resuelto.
Ya
al mes siguiente Gracias a Dios, comencé a laborar en la administración pública
tributaria hasta el Sol de hoy, y con mi primer sueldo lo primero que hice fue
ir a cancelarle el crédito al señor Abilio, aún así extrañado el muy buen amigo por el pronto pago le di la buena
noticia de mi nuevo empleo, aceptándome el pago, esas son las aptitudes que uno
agradece y nunca olvida de quienes desinteresadamente te dieron una mano cuando
más lo necesitaste, y dar las gracias a Dios por indicarnos el camino hacía
esas buenas personas que iluminan con su presencia y amistad.
Por
muchos años seguí frecuentando al señor Abilio, hasta que un día, sus hijas encontraron al señor Abilio dormido
eternamente, se marchó con el mismo sigilo que lo caracterizó en su soledad,
rodeado de sus pertenencias y mercaderías producto de su trabajo y esfuerzo, la
casita se quedó sin su único habitante, dejando su ausencia el buen recuerdo póstumo
de un gran amigo entre sus vecinos y numerosa clientela.
JLReyesM.

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