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| José Luis Montiel Villalobos |
El abuelo papá Luis era una leyenda, una historia familiar, había
fallecido del corazón decía mamá, por el año 1947, mamá Carmela le sobrevivo
unos cuantos años, ella murió de 103 años, y aquellos terrenos eran parte del
legado agrícola forjado por aquel ancestro parte mito y parte realidad,
materializado en todos aquellos sitios que niño conocí ya abandonados en su
antaña actividad campesina y productiva, ya no había ganadería, ni sus entrañas
aradas para la siembra, solo pajizales, algunos árboles frutales y jagüeyes
tristes poblados de sapos e insectos.
Esa
fue nuestra gran tragedia, en el ciclo existencial y el paso de los años, los
viejos de antes dejaban la vida en la tierra y entre los dedos de sus manos
agrestes por el arado, entre Sol y Sol,
Lunas de veranos e inviernos, con cada año se iba un pedazo de trabajo y
empeño, con cada instante una forma de vida necesaria y vital, que las nuevas
generaciones no supieron ni aceptaron asumir, nunca valoraron el valor familiar
de su voluntad y de su afán, dejando tras de sí mismos su vida por la ciudad
con sus candilejas, seducidos por una supuesta comodidad que el campo
supuestamente les negaba, cuando todo el sustento real y cotidiano provenía era
de aquellas solaces y ancestrales tierras de nuestros abuelos.
Cuando
vendí el último terreno situado en toda la avenida Milagro Norte, en el sector
Santa Rosa de Tierra, donde se levantaba el Hatillo “Villa Carmen” al margen
derecho de la Capilla de Nuestra Señora del Carmen; mi
suegro Geramel cuando recibió
de mis manos su cheque de la
cuota parte que por línea materna le correspondía, me manifestó orgulloso, sentirse
sobrecogido por el abuelo papá Luis y comprometido con aquel legado que después
de tantos años percibía de su difunto viejo abuelo a quién el si conoció en
toda su fuerte personalidad.
JLReyesMontiel.

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