jueves, 22 de diciembre de 2011

Epilogo de un sueño.

Remontando las nubes,
desde  barlovento y hacía sotavento
sobrecogido del inmenso y azul mar Caribe,
por sobre los riscos
de las montañas andinas,
divisé una raza superior de hombres multicolores.

Su lengua, la del pueblo
que más amo a Cristo y a María su madre.

Su fama, la de liberar pueblos oprimidas.
Su historia, la forjaron héroes cuyas glorias,
amor y desprendimiento, solo podrán ser narradas
y esculpidas en letras de oro sobre mármoles refulgentes. 

Con toda esa herencia, se acrisoló en el tiempo
el hombre universal, el prototipo sinfónico Beethoviano.
Pude observar sus pueblos y ciudades,
sus comarcas vegetales y sus tumultos de ríos,
bebí  la pureza de sus aguas
y respiré al aire puro de sus montes.

La Tierra Madre se había deslastrado de toda inmundicia
y un hombre nuevo apareció sobre su faz.

No se conocían las guerras, 
porque la más espantosa había acontecido
y sepultado aquella raza de hombres tenaces.

La vida florecía para darle la oportunidad
al nuevo ser humano, limpio, purificado, incólume,
libre y sin maldad.

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