Remontando las nubes,
desde barlovento y hacía sotavento
sobrecogido del inmenso y azul mar Caribe,
por sobre los riscos
de las montañas andinas,
divisé una raza superior de hombres multicolores.
Su lengua, la del pueblo
que más amo a Cristo y a María su madre.
Su fama, la de liberar pueblos oprimidas.
Su historia, la forjaron héroes cuyas glorias,
amor y desprendimiento, solo podrán ser narradas
y esculpidas en letras de oro sobre mármoles refulgentes.
Con toda esa herencia, se acrisoló en el tiempo
el hombre universal, el prototipo sinfónico Beethoviano.
Pude observar sus pueblos y ciudades,
sus comarcas vegetales y sus tumultos de ríos,
bebí la pureza de sus aguas
y respiré al aire puro de sus montes.
La Tierra Madre se había deslastrado de toda inmundicia
y un hombre nuevo apareció sobre su faz.
No se conocían las guerras,
porque la más espantosa había acontecido
y sepultado aquella raza de hombres tenaces.
La vida florecía para darle la oportunidad
al nuevo ser humano, limpio, purificado, incólume,
libre y sin maldad.
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