sábado, 23 de mayo de 2020

El Entierro.


Cuando era carajito me gustó mucho caminar, jurungar y jugar en el solar del patio, por sí la palabra –solar- resulta incomprendida, trátese en dialecto marabino del lugar más lejano del patio de una casa generalmente inculto (desprovisto de árboles de jardín y frutales), y por lo tanto abierto al Sol y bañado por sus rayos luminosos.

El solar del patio de mi casa quedaba como a una distancia de 40 metros, era el fondo del terreno, cubierto de Abrojos y hierba silvestre, mi casa en otros tiempos era un Hato, cuyos terrenos fue vendiendo mi padre Pascual Reyes Albornoz por parcelas, quedando el amplio espacio que correspondía a nuestra estancia familiar al momento de mudarnos a ella en el año 1965, desde nuestra otra casa situada en el corazón de El Saladillo y frente a la plaza Hermágoras Chávez.

Esta casa, la casa del solar encantado, estuvo situada en la Calle 69A con la avenida 13, No. 12-93 de Tierra Negra, cercana al Colegio San Vicente de Paúl, donde me eduqué y formé mi personalidad, de esta casa, son muchos los recuerdos y querencias, de su patio sembrado primorosamente por mi padre y mi madre, Mangos, Níspero, Guayabas, Limón, Hicaco, Coco, Lechosa, Plátano y Guineo, aparte de las plantas de jardín como Cayena, Berbería, Rosas, Carmelitas, Jazmines, Lirios, y sobre todo un enorme Caucho cuya sobra cobijaba el frente de mi casa.

El límite entre el patio y el solar, lo señaló un enorme árbol de “Ratón” hasta donde llegaba la larga manguera de regar las plantas, mamá interconectaba sus plantas frutales mediante canales en la tierra, abriendo surcos, dejaba la manguera en el tronco de un árbol determinado y el agua seguía su curso tres matas siguientes, igual en el área de las Cayenas que bordeaban el perímetro del patio a lo largo de la cerca de ciclón; yo aprovechaba esos surcos para hacer puentes en mis vías de tierra para jugar con mis carros, solía tomar la pala manigueta y la afincaba sobre la arena mojada, desplazándola firmemente marcando caminos de tierra como trillas, para pasear mis camiones de metal y Jeep, atándoles un cordel de hilaza con los que guiaba por la trilla y como eran pesados mis carros, dejaban sobre la arena humedecida la marca de sus llantas de goma, activando mi precoz imaginación.

Ese árbol o mata de Ratón, tenía muchos años, decía mamá que el Ratón era originario de los tiempos cuando la casa era un Hato, sería por eso cuando al recostarme sobre su tronco, se abrían mis sensitivas emociones, entonces la brisa soplaba más sabrosa y fresca, invitando a quedarse bajo su sombra un buen rato, emanando sus aromas vegetales de pura esencia sanadora, mamá hacía con sus ramas y hojas una aromática infusión con agua hirviendo en una olla, con la cual me daba un baño, refrescando mi piel, sanando erupciones y quemaduras del Sol.

Aquel Ratón dividía el patio, una línea imaginaria trazada por mí partía de su tronco hasta el otro extremo del patio, donde un árbol de Mango, que nunca prosperó y siempre estaba pasmado, servía de punto de enfoque a mi límite del Solar, hasta ahí era mío, pensaba sigiloso, aquí puedo tirar piedras con la honda, jugar a la guerra, lanzar lanzas, flechas, disparar mis pistolas, rifles y ametralladoras, correr sobre un caballo, hacer volar aviones, cohetes, hacer charcos de agua con la manguera, encender silbadores y bombas en navidad y, sobre todo, pensar.

Érase también de mi gusto y cuando carajito, sentarme estratégicamente cada tarde y al ocaso del Sol, al fondo del Solar debajo de un arbolito de Acacia, mirando el cielo infinito, mientras al súbito revoloteo de pequeños murciélagos, se alimentan de diminutos insectos voladores, sentado al pie de la Acacia, fiel compañera que echó raíces y creció solita, nadie la sembró allí pero la lluvia le regó siempre, hasta llegar a ser en sus ramas y hojas la guarida de Iguanas y sus crías; una noche, la magia de la Luna llena me acompañó en una ronda nocturna, entre el claro de la Luna y por sobre las ramas de la Acacia, unas Iguanitas recién nacidas me sorprendieron, sostenidas de las hojas de Acacia me miran con sus ojitos fijos, no huyen solo me miran y las dejé tranquilas, sin arruinar el instante alucinante del feliz encuentro, entre la luz de la Luna, las Iguanitas y yo.

Sobre un cielo hilvanado en su extensión por la noche estrellada, el viento norte espira intenso agitando todo a su paso, la noche fría crispa mis cabellos y sobre mi cara engalana sus aromas lejanos, sobre la cerca de adobes se asoma la arboleda de los patios de las casas vecinas, escucho la vibración de las semillas en sus vainas de las Laras, las nubes alumbradas por la Luna, desfilan serenas surcando la bóveda nocturna, describiendo fantasmales figuraciones por entre las ramas del turbado Ratón, inundando de visiones mis propios miedos, y como “Duque” nuestro perro me acompaña, envalentonado disfruto de mi espacio, de mi solar resplandeciente por el claro de la Luna, la inquietud pasa pasajera del tiempo, disfruto y me entretienen los sonidos propios de la noche, con sus grillos invisibles entre las sombras proyectadas sobre la hojarasca.

Otros miedos ahora me inquietan, pero, pero la esperanza nace con mis recuerdos al brillo del Sol y de su Luna, cada noche me duermo mirando por mi ventana la solitaria Estrella de la Mañana en el cenit nocturno que ahora me acompaña, a la zaga quedaron sepultados los años de mi infancia y al pie del tronco de la Acacia del solar, misteriosa y solitaria, como testigo del febril entierro, cuando dentro de la Lonchera escolar, dejé una carta despidiendo mi infancia, junto a tres carros, una estación de gasolina y un Zorro sobre su caballo.

JLReyesMontiel.






     

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