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Mayor General Emigdio Martinez del Primer Cuerpo del Ejercito Japones que asedió a Puerto Arturo. (Imagen impresa de su original) |
Año 1.969, se mudó a casa tía Espíritu y abuela, hurgando entre sus chécheres hallé un librito de registro familiar. Mamá me contaba entonces historias del Hato “San Luis” y se me ocurrió hacer este blog tributo a la vieja libreta de la abuela, reuniendo fotos y demás documentos del Abuelo Don Luis Montiel, para hacer del conocimiento familiar sus orígenes y no perder la memoria de quienes nos legaron nuestra existencia.
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Mayor General Emigdio Martinez del Primer Cuerpo del Ejercito Japones que asedió a Puerto Arturo. (Imagen impresa de su original) |
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Mis apuntes de clase |
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Bodegón con Queso de Año (Montaje gráfico de éste servidor JL) |
Entre más tiempo en su proceso de sazón, más sabor y dureza, comentaba mi
madre en sus cuentos e historias familiares, de como lo hacían, nunca tuve la
dicha de ver aquel artesanal proceso; si recuerdo como guardaba su Queso de Año el señor Gabriel en su
tienda “Abastos Quintero” protegiéndolo de las Moscas e insectos, en una despensa
de madera ventilada con fina tela metálica, permitiendo de ese modo a los
quesos, exhalar sus aromas por todo el local de aquella vieja tienda, situada
en la esquina de las avenidas 13A y calle 70 de Tierra Negra en Maracaibo.
El Abasto Quintero, propiedad de
una vecina de la misma calle, era algo elevado respecto del terreno, érase
entonces un local de dos grandes puertas de madera de doble hoja, había que
levantar en ángulo de 90 grados las piernas para acceder mediante unos enlosados de dos peldaños, su frontis elevado
correspondía a la arquitectura tradicional marabina de bahareque y tejas, ese local lo atendía su locatario el señor
Gabriel, migrante llegado de Italia.
Hoy día se encuentra en ese
sitio, un centro comercial levantado no hace mucho sobre el mismo terreno de la
cuadra de casas, propiedad de aquella noble familia de la maestra Nelva, quien
me enseñó carajito, serían los años 1965-66, las primeras letras del abecedario
en su escuelita “Los Angelitos” de dicha calle 70, entre las avenidas 13A y 14
de aquel sector Tierra Negra de nuestra ciudad.
Aquellas imágenes de la tienda
del señor Gabriel, permanecen intactas en mi memoria, desde cuando carajito, le
hacia los mandados a mi madre para
comprar el Queso de Año, para desayunos,
cenas y muy especialmente para los Espaguetis del almuerzo.
Recuerdos de mi infancia, cuando pegaba el antojo de alguna clandestina merienda, como a eso de las tres para cuatro de la tarde, en aquellos días de juego, pegando carreras dertrás de una pelota de goma en el patio de mi casa, en la soleada Maracaibo, mientras mi madre dormía su siesta, aprovechaba para arremeter contra el Queso de Año guardado en la Alacena de la cocina, con un tiron desgarraba un tolete del apetecido queso y se lo sampaba a un Pan Bolillo abierto entre mis dedos, lo rodaba con un vaso de agua y a la lona, delicatesse inigualable hacia del improvidsado bocadillo.
Hoy día, es difícil conseguir un
Queso de Año como los de antes, cuidadosa y artesanalmente elaborados, dándoles
el requerido tiempo de añejamiento y con los ingredientes necesarios, como son
el Café, la Sal y Pimienta Negra molida para cubrir toda su superficie; mi madre que en paz descanse, una
tarde mientras cenamos le pregunté por la concha
del queso, ¿Por qué le cubrían con eso? Aclarándome que se trataba de la borra del Café, Sal y Pimienta Negra, cubriéndo el queso para evitar su descomposición por moscas y gusanos, mientras aguardaba su tiempo de
añejamiento.
A mi parecer, también le aportan al Queso de Año, ese carácter propio de gusto y sabor entre ahumado y añejo, pero, por razones de economía, algunos productores de quesos, no solo descuidan el tiempo necesario para maduración del queso, sino que también por ahorrarse costos, no lo cubren como antes con borras del café, menos con Sal y Pimienta molida.
En mis buenos tiempos en Maracaibo, iba al Mercado de Santa Rosalía, si bien recuerdo en el Frigorífico de Los Villalobos conseguía un Queso Madurado excelente, éste es un poco más suave al paladar que el Queso de Año, y más blando aún el Queso Palmita, pasando por el esquisito Queso de Mano o Cebú. Tanto el Madurado como el de Año obstentaban su típica cubierta de Café, Sal y Pimienta, pero el Queso Madurado, tambien lo cubrían con Achiote molido y Sal, dándole un color rojizo a su concha.
Para distinguir un buen Queso de
Año, lo primerito es verlo en su corte transversal, debe tener bastantes
huequitos o poros, éstos se producen en su proceso de fermentación interior
cuando el gas carbónico es sustituido por el suero decantado dentro del queso,
redondeando esos típicos agujeritos u ojos, quedando expuestos a la vista al
cortar el queso sobre la mesa, el cuchillo queda con suerte impregnado de pura
y fina mantequilla, que se puede ver saliendo de los ojos del Queso de Año.
Cuando busco en las tiendas de abarrotes acá en Santiago, para el consumo familiar el denominado por los paisanos “Queso Llanero” lo toco y observo, que esté bien duro al tacto, además de mostrar rica porosidad o huequitos en su superficie, asegurándome que la dureza no sea resultado de su refrigeración, de ese modo me garantizó sino la misma calidad y sabor de nuestro tradicional Queso de Año, si el consumo de un buen queso para echárselo a los espaguetis, a las macarronadas, mandocas, arepas, al pan y toda cuanta menudencia, uno come acompañada con un buen queso duro blanco, como Plátanos, Guineos y Yuca, entre otros antojos.
JLReyesMontiel
Gracias primo “Falo” por
regalarnos éste magnífico recuerdo de tío Segundo, tu abuelo, que motivó las siguientes
líneas narrativas de los anécdotas e historias familiares, contadas entre tus
animadas tertulias, además de escucharte cantar los boleros del gran Felipe Pirela, en aquellos días de plácidos momentos compartidos en torno a la mesa familiar, entre palos y alegría, como decía el gaitero Parroquiano.
Tío Segundo, esposo de tía María
Mercedes Montiel Fuenmayor de Sánchez, hermana de mi madre Carmen Domitila,
quién le nombraba como el compadre Segundo Jorge, y así reconocido entre los
hermanos Montiel Fuenmayor, mis querendones tíos, que en paz descasen en la
gloria de Dios.
De cómo casó tío Segundo con mi
tía Mercedes, ese compromiso lo arreglo a decir de “Falo” nuestra abuela Mamá
Carmela, con una dote conformada por una posesión de tierras propiedad del
abuelo Papá Luis, José Luis Montiel Villalobos, y unas Morocotas de oro,
consignadas a tío Segundo.
Pero, tío Segundo, tenía un
hábito frenético por el juego, y aquella tarde pensando acrecentar la pequeña
fortuna otorgada en dote matrimonial, se las jugó a los dados con unos vivianes
de Maracaibo; pues tanto tío Segundo como tía Mercedes, eran vecinos de los hatos
ubicados más allá de la antañona ciudad de Maracaibo, cuyos límites apenas
llegaban al sector Las Delicias, un poco más allá del Nuevo Cementerio, llamado
posteriormente por su forma “El Cuadrado”.
Como era de esperarse, el tío
Segundo, perdió la apuesta a los Dados y en consecuencia sus Morocotas de oro, desapareciendo
de la escena familiar, por temor a las posibles represalias del abuelo papá
Luis, pero, la abuela mamá Carmela, más objetiva y práctica, se trasladó con la
joven tía Mercedes y algunos de sus hijos varones, desde el hato familiar “San
Luis” al vecino caserío “Santa Rosa de Tierra”, situado unas leguas más
retirado, entre las que fueron tierras de los hatos “Canchancha” y “Cabeza de
Toro”, para buscar al escondido novio de tía Mercedes, tío Segundo, en su
residencia.
Allanado el contumaz bisoño novio,
mamá Carmela le increpó: “Jorge Sánchez, tenéis que casate con mi hija Merceditas”…
Más luego el asunto pecuniario de las Morocotas, quedó resuelto con el
compromiso matrimonial asumido, quedando como dote la extensión de tierra que
le otorgaría por escritura pública el abuelo papá Luis a la pertinente pareja, de
ese modo tío Segundo, fundó al lado de tía Mercedes, como era la costumbre, un
nuevo Hato denominado “Mi Delirio” dedicándose a la producción agrícola y crías
de ganado mayor, menor y aves de corral.
Conocí a tío Segundo, un día de
fiesta familiar, en el patio de mi casa a la sombra del enorme árbol de “Ratón”,
donde unas grandes Iguanas descansaban asoleándose entre sus ramas, tío Segundo
entre la muchachada, nos comentaba que las Iguanas se comían y su carne sabía
igual que el Pollo, nosotros lo escuchamos con atención, siguiéndole los pasos
entre los Abrojos del solar trasero del patio, tío Segundo se quitó una cuerda
de fibra de Cocuiza, entorchada alrededor de su cintura, que le servía para
asegurarse sus pantalones, procediendo a formar con la cuerda un pequeño lazo,
fijándolo al extremo de un palo de Escoba, que yo diligentemente le conseguí, tirando
del palo de Escoba, se lo colocó alrededor del cogote a una Iguana y con su
hábil destreza la enlazó, llevándola al piso, para demostración y entretenimiento
de la animada e infantil concurrencia.
De aquellos años del Hato “Mi Delirio”,
me contó mi madre Carmen Montiel Fuenmayor, que tío Segundo vendía su
producción de frutas frescas desde su carreta tirada por Jumento,
transitando entre las colonias residenciales de los “Musius” ubicadas dentro de
la periferia de Maracaibo, para consumo de los empleados extranjeros de las empresas petroleras de
entonces.
Mi difunto primo hermano Antonio
Briñez Montiel, también me contó, que tío Segundo era un hombre de tez blanca y
ojos azules como dos gotas de añil, y esa característica caucásica le favorecía
con el trato con los “Musius” con la venta de sus productos agrícolas, comerciando además el tío Segundo, en las colonias extranjeras de empleados petroleros, la leche embotellada por su papá y esposo de mi tía María Trinidad Montiel Fuenmayor de Briñez, don Manuel Briñez Valbuena,
en la vaquera de la casa “Las Auras” donde con esmero y dedicado trabajo artesanal,
producía con el ordeño vacuno el vital alimento lácteo, para embotellarlo con estrictas
medidas de higiene, al igual la venta a los Musius, de la producción de Huevos, en su Gallinero de traspatio,
los cuales etiquetaba uno a uno con el sello en tinta de su firma unipersonal “Manuel Briñez” como muestra de pura calidad.
Tiempo después, tío Segundo se
dedicó al comercio en su tienda de abarrotes, junto a quien fue su mano
derecha, su único hijo varón Geramel Sánchez Montiel, tienda que por años
funcionó en un local propiedad de mi difunto padre Pascual Reyes Albornoz, adyacente
a la casa donde viví de carajito y como antes narré en este relato familiar, conocí por el año 1965 a mi tío Segundo, inmueble que antes era un viejo Hato, situado en la esquina
de la avenida 13 y calle 69A en Tierra Negra, hoy zona residencial de
Maracaibo, sector entre las calles 5 de Julio y Cecilio Acosta.
El camino providencial de la
vida, Geramel Sánchez Montiel, mi difunto suegro que en paz descanse, pues contraje
nupcias con su hija Mercedes Sánchez Ochoa, quien heredó de su abuelo Jorge Segundo
Sánchez Ferrer, su blanca piel y sus verdeazulados ojos, Dios me la guarde y bendiga.
JLReyesMontiel.