
Año 1.969, se mudó a casa tía Espíritu y abuela, hurgando entre sus chécheres hallé un librito de registro familiar. Mamá me contaba entonces historias del Hato “San Luis” y se me ocurrió hacer este blog tributo a la vieja libreta de la abuela, reuniendo fotos y demás documentos del Abuelo Don Luis Montiel, para hacer del conocimiento familiar sus orígenes y no perder la memoria de quienes nos legaron nuestra existencia.
sábado, 4 de diciembre de 2021
Entre Orejazos y Coscorrones.
domingo, 17 de octubre de 2021
Oribor, un paseo de playa y Sol.
sábado, 2 de octubre de 2021
¡Gracias!
jueves, 16 de septiembre de 2021
Milagro en la Cómoda
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San Gerardo |
Unos días antes, mi padre salía de la casa sostenido por dos auxiliares sobre una camilla y colocado sobre la parte trasera de una ambulancia, cuando cerraron la compuerta, mi atención se centró en la cruz roja sobre el fondo blanco de la ambulancia, que destellaba con el Sol de la mañana de aquel día.
Con el rezo del Rosario de Difuntos, nueve días transcurrieron y en la habitación de mi padre, quedó un recóndito silencio, hueco y sórdido, pues cuando entraba a ella, su piso, techo y paredes se tornaron tan abrumantes, ensombrecidas y tristes, capturando mi imaginario, me trasladaba hasta la tumba de mi padre, el día de su entierro, las flores de las Coronas esparcidas sobre la cernida arena, las Palas de dos señores, tañendo su metálico resonancia, mientras mezclaban el cemento, sellando con adobes la arcada de la bóveda, donde engavetada la urna funeraria contenía el cuerpo tendido de mi padre.
Cada tarde, a la hora de la siesta de mi madre, visitaba la habitación, su ventana cerrada dejaba filtrar por sus hendijas, destellos de luz del Sol poniente, que se entrelazaban entre los dedos de mis manos, atizados por la bruma de polvo inerte y sostenido en la atmosfera del recinto paternal, era su presencia, pensaba, la divina luz fantasmal de su espíritu; entonces coloqué en el piso en todo el punto focal de aquel espectro de luz, un frasco de aceite de brillantina para el cabello, y ésta se multiplicó en reflejos más brillantes y vibrantes sobre el enlosado, extasiado volando en mil imágenes y alegorías fantásticas, hasta el cansancio de mis brazos sostenidos, cargando mi mirada concentrada en la frenética proyección desde la ventana al piso, levanté el frasco de brillantina y lo coloqué nuevamente en una de las gavetas de la Cómoda, de donde la había sustraído.
Sobre el entramado de la Cómoda de la habitación de mi padre, tiempo después, mamá destinó ese espacio para colocar sus cuadros del Corazón de Jesús, la Virgen María y Santos de devoción Católica, al centro colocó el Óvalo del marco de la Santísima Trinidad, a su derecha la Virgen del Carmen, a su izquierda la Virgen del Perpetuo Socorro, en la pared contigua la Virgen de Las Mercedes, arriba al Arcángel San Rafael y debajo una imagen de San Gerardo, sobre la Cómoda sitió un Crucifijo y a su lado una colorida estatuilla de la Virgen de Coromoto, así se hizo mamá su oratorio en la habitación de mi padre ausente, donde solía encender una vela en sus oraciones.
Yo tenía el cuidado de jugar sobre la Cómoda de papá, sin perturbar la paz del oratorio, pero a veces me resultaba entretenido mirar toda aquella representación alegórica religiosa, acercarme al Crucifijo y detallar las heridas de Jesús, observar a la gente quemándose en aquel candelero, pidiendo misericordia a los pies de la Virgen del Carmen, el fino laminado dorado que envolvía los que mamá me decía, eran las tres divinas personas, al Padre con su abundante barba, al Hijo con la Cruz terciada y al Espíritu Santo al centro y sobre sus cabezas; también me detenía mirando a San Rafael y San Gerardo, uno sacando un inmenso pez de las aguas, el otro con su aureola y hábito negro, sosteniendo un crucifijo, flanqueado por libros y un huesudo cráneo.
Un buen día, recordé mis cuentos, desde hacía tiempo no los hojeaba, los había guardado por ocurrencia mía en una de las gavetas de la Cómoda de papá; el asunto era tener el pretexto de jurungar la susodicha Cómoda, era parte de los mobiliarios de mi padre, y estar cerca de ellos me daban su olor y era como sentir su presencia, así como sentarme en la Poltrona al lado del fornido Escaparate, revisar sus ropas y cosas guardadas en él, eso será tema para ampliar en otro relato; el asunto fue que buscando mis cuentos, guardados en una de las gavetas de la Cómoda, me llevé una gratísima sorpresa, uno de esos instantes mágicos, como cuando un mago saca un Conejo de su Chistera, un verdadero milagro en medio de mi soledad y tristeza, nuestra Gata había parido sus gaticos dentro de la gaveta donde guardé mis cuentos, los había hecho jirones a modo de pajizo, para parir y colocar sobre el suave papel sus vástagos, cuando abrí la gaveta, el olor encerrado de los pequeños felinos, inundó de su aroma la estancia paternal.
De cómo la Gata escaló penetrando a la Gaveta de la Cómoda, lo ignoro; así la sorprendida Gata, me quedó mirando con sus verdes ojos e inmensas pupilas dilatadas como Luna llena, amamantando entre sus patas y vientre los gaticos, bien gorditos y sobre alimentados.
JLReyesMontiel
sábado, 24 de julio de 2021
José Julián Montiel Agudelo.
sábado, 17 de julio de 2021
La Arepa Pelá.
Pasamos por la carretera Falcón
Zulia partiendo desde Maracaibo, durante la nochecita de aquel día de hace unos
cuantos años, llegamos felizmente a la paraguanera ciudad de Punto Fijo al
margen de la quijada de esa gran cabeza del territorio venezolano, denominado
desde los siglos de los siglos por propios y extraños Paraguaná, una vez superadas
las crestas arenosas de los Médanos que cobijan su cuello de las inclemencias
del majestuoso Mar Caribe y nuestro.
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Cerro Santa Ana, devoto ícono de la planicie de la Península de Paraguaná. (Composición gráfica JLRM) |
La taciturna Luna, nos acompañó
por todo el camino, haciéndose cada vez más grande a medida que nos adentramos
en la geografía pedregosa y árida del glorioso e inmenso Estado Falcón, dejamos
atrás la amada tierra Zuliana, cuando ya la Luna apenas asomada al oriente del horizonte
lacustre, coronaba las torres del Puente Gral. Rafael Urdaneta.
Maravilloso recuerdo de antaño y
cuando carajito, inolvidable por demás, el reflejo de la Luna sobre las
encrespadas aguas del Lago de Maracaibo, resultaban un sortilegio mágico de esplendor
y fantasías, llenando mi imaginario universo mental las alegóricas formas del
paisaje, resultando un crisol de alucinantes pensamientos volando con la fuerza
del viento, atizado por la velocidad del vehículo automotor de pasajeros que
nos transportaba, susurrando sobre mis orejas.
Punto Fijo, entonces nos recibía
desde la carretera, con un Arco neoclásico lindo y solemne, con su columnata Corintia,
sus dinteles, aristas y acroteras, un poco más allá, en toda la carretera,
estaba la solariega casa familiar de los Calles, con su frente ventilada
permanentemente por la brisa paraguanera, que, desde sus exóticas playas, abrazaban
la ciudad con un frescor estupendo, dándole el carácter propio a la pujante
ciudad de Punto Fijo, bordeada por sus modernas refinarías petroleras, las más
grandes del mundo, Amuay y Cardón.
De visita en casa de aquella noble familia Calles, Chinca, su señora madre la señora
Aura y sus sobrinas, nos recibían a mamá, Sara y a mí, siempre gentiles y bondadosas, siempre atentas, con su sonrisa tan amplia como la inmensa Luna que
durante toda la noche nos acompañó en el camino; más luego llegaba Sonia, la
esposa de mi primo hermano Enrique Briñez Montiel, nacido maracucho pero paraguanero de corazón, con sus hijos aún bebes, y más despues, la plenada familiar
se completaba con todos las hermanas y hermanos de Sonia.
Y entre todo aquel marco de amor familiar y amigos, estará precisado en mi memoria, las Arepas Peladas amasadas y cocinadas al Budare, por las atentas sobrinas de la gentil tía Chinca; que yo curioso el día anterior empuñé el molino, para triturar el maíz pelado con la Cal, pues la señora Aura, me mostró el modo de macerar los granos de Maíz tierno en un Palangana con agua de caliche blanco, que es lo que le otorga a la Arepa Pelada, ese típico gusto de sus arepas, inigualable a la de ninguna otra región de toda la geografía de Venezuela.
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Como dicen los paraguaneros la Arepa de Maíz Jojoto o Arepa Pelada. (Composición gráfica JLRM) |
Desayuno, cena, y hasta en el
almuerzo, nunca está de más el pan nuestro de cada día de todo buen falconiano,
procurarse una Arepa Pelada, rellena con suero, nata, queso o mantequilla,
carne de Iguana, Conejo, Carnero, Mechada de Res y sobre todo, la insuperable,
la rellena con Mojito sazonado con Tomate, Cebolla y Ají Misterioso salteados y
aliñado con Onoto, Orégano, Sal y Pimienta, eso es darse un gusto al paladar,
con una generosa taza de Café con Leche, si es de Vaca recién ordeñada mejor que
mejor, y si la Taza es de floreado Peltre, no se hable más.
Cuenta mi musa, que la primera madre
en hacer una Arepa Pelá, así la llamó en el cantaito de su castellano ancestral,
inspirada en la Luna llena, cuando adorna con su redondez y color sepia, la inmensidad
del horizonte de aquella tierra prodigiosa en bellezas naturales, bañadas por
las azules aguas del Caribe indómito.
JLReyesMontiel.
viernes, 4 de junio de 2021
La Hermandad.
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Obra del artista Pedro Vargas, editada por mi persona para este portal. |
Corría el año de 1985, estudiante
de Derecho en nuestra amada e imperecedera Universidad del Zulia, ostentaba mis
25 años, con sus altos y bajos de la vida, entre aquellas reflexiones
existenciales de época, buscando caminos, en los trances del destino y entre dudas
metódicas, discerniendo verdades, dejando atrás pretensiones juveniles, un día
de regreso a casa desde la Universidad, caminando los sitios de aquella otra ciudad
de Maracaibo, llena de vida y calor, me dejé llegar hasta el interior del Convento
de San Francisco, apartado del bullicio exterior de la Plaza Baralt que
coronaba, como un trono celestial, entre el jolgorio de buhoneros y mercancías.
Aquellos son los mercaderes del
templo, pensaba, pero una vez dentro del recinto franciscano, el olor de las
velas encendidas por los piadosos y las reminiscencias de inciensos impregnados
en los gruesos muros, me inducían al recogimiento y la oración; a esa hora del
día y entre semana, un devoto realizaba la veneración perpetua del Sagrado
Sacramento del Altar.
Con la señal de la cruz y de
rodillas, inicié tantas veces mis meditaciones y sentado desde los escaños, mi
vista se paseaba por el alto techo, sus maderas, la fornida arcada sobre el
altar y el retablo de madera tallada al estilo ojival, donde unas
representaciones sacramentales, configuraban a la imaginación del orante, una
muestra de la piedad y santidad cristiana.
Si corría con suerte, mi confesor
en ese tiempo, el Fraile Capuchino Castor (QEPD), lo encontraba Rosario en
mano, orando dentro del Confesionario, y más que confesiones, sosteníamos una
charla sobre diversos temas que yo le planteaba, él muy dispuesto me escuchaba
y me hacía discernir sobre mis dudas y complejidades, que siendo uno joven sobreabundan,
de ese modo fui superando tantas complicaciones juveniles arrastradas desde mi
infancia, adolescencia y en ese momento de mi juventud aún requería deslastrar;
que complicada es la existencia, cuando uno se enfrasca buscando verdades.
Para otros el asunto vivencial
puede ser más llevadero, cuando los cuestionamientos no abruman la razón,
cuando la simplicidad no supera las distracciones convencionales, comer,
vestirse, divertirse y dormir, son el día a día, con sus obligaciones y deberes
propios, estudiar o trabajar, es una rutina vital, que se quebranta cuando la
cuestionas, cuando la replicas con otros argumentos, también valederos, pero peligrosamente
aislacionistas. Superar el aislacionismo es difícil, si, por ejemplo, vas a una
fiesta y una chica te saca a bailar, hasta afortunado era joven, pero, terminas
pisándoles los pies por no saber bailar.
En esos años formé parte
integrante de la Hermandad Franciscana, un grupo juvenil de oración y cantos,
nos reuníamos los sábados en la tardecita, todo marchaba bien bonito y chévere,
hasta que, al padrecito capuchino, que nos servía como nuestro guía y mentor,
lo trasladaron a otra localidad de Venezuela, luego impusieron un fraile algo cascarrabias
y entrado en años y el encanto, como la espuma, se desvaneció.
El padre Castor, aunque muy
carismático, estaba demasiado anciano y cegato como para asumir esa tarea, de
tal manera que con la presencia del nuevo fraile algo soberbio y muy poco carismático,
poco ayudo a preservar la integridad del grupo juvenil, hasta dejar de reunirse
los sábados por la tarde.
Seguí asistiendo como de costumbre
a la Sagrada Eucaristía de los domingos, hasta que el padre Castor en su ancianidad
dejó de celebrarlas, el tiempo así pasó, la vida tenía otros planes conmigo, ¿Quizás?
Pero quedó en mi recuerdo aquel vibrante y colorido llamado, en una
conversación de confesionario, el padre Castor me invitó en su español clásico:
-Hazte fraile José Luis.
JLReyesMontiel
martes, 1 de junio de 2021
El Rinconcito.
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Régulo Montiel Ferrer |
Érase el nombre de una pequeña
tiendita, ubicada entre las avenidas 11 y 12 a la altura de la calle 69A, del
urbanizado sector denominado desde antaño “Tierra Negra” de la ciudad de Maracaibo;
cosa curiosa el nombre de esa zona de nuestra ciudad, siempre llamó mi
curiosidad porque fue mencionado de esa manera Tierra Negra.
La única relación entre ese
nombre y aquel antiguo caserío maracaibero, era los cascajos de carbón vegetal,
que ennegrecían la arena del fondo existente en toda la esquina de la propiedad
de mi padre Pascual Reyes Albornoz, ubicada en la esquina de la avenida 13 con
la misma calle 69A, nomenclaturas actuales de ese sector marabino, dadas durante
la administración municipal del señor Numa Márquez.
Cuando nos mudamos, sería el año
1965, un poco más o menos, de nuestra casa de El Saladillo en la calle
Venezuela, nos residenciamos en esa propiedad; mamá me contó que antes era un
Hato, cuyos terrenos mi padre fue vendiendo por parcelas, y en el cual, según
en ese antiguo hato, por los años 1940-1950 se desempeñó como un Bar denominado
“Claro de Luna” el cual mi padre rentó a una señora apellidada Godoy, cuyo
nombre no me acuerdo. Más luego, en los años de 1960, estuvo rentado
al desaparecido Ministerio de obras Públicas (MOP) como depósito de maquinaria
y estacionamiento.
Lo cierto del asunto, en mi
pueril imaginación, relacionaba el nombre de Tierra Negra, con la ennegrecida arena
por el carbón vegetal depositado desde muy antiguo en la parte trasera de aquel
viejo local comercial, propiedad de mi difunto padre, donde más después funcionó
un Abastos de víveres, cecinas y abarrotes.
Es decir, aparte de las instalaciones
del MOP, había un abasto en la esquina de aquella extensión de terreno, sobre
el cual existió además de la casa de habitación del Hato, el local del Abasto
en su margen derecha, el cual por muchos años estuvo rentado al abuelo de mi
esposa Mercedes, el señor Jorge Sánchez Ferrer, padre de mi suegro Geramel Sánchez
Montiel, casado con mi tía María Mercedes Montiel Fuenmayor.
Para trasladarnos a esa casa de
Tierra Negra, papá resolvió los contratos de arrendamiento sobre la referida
propiedad, en ese entonces, ese sector prosperaba con auge urbanístico y
proyección de la ciudad de Maracaibo hacia su parte norte, dejando atrás los
vestigios de sus estrechas calles y avenidas del centro, por otras mucho más amplias
y solariegas, como hoy día se puede constatar al pasearse por esa zona de la
ciudad.
Mamá estaba muy entusiasmada con
el cambio de residencia, pues hacia la avenida 11, estaba la casa de su hermano
Nicomedes Montiel Fuenmayor, y un poco antes, como indiqué, entre las avenidas
11 y 12, la casa de mi primo hermano Régulo Montiel Ferrer, hijo de tío Nicomedes;
además de la casa “Rafecar” propiedad de su contemporánea sobrina Carmen Romelia
Sánchez Montiel, y un poco más arriba, hacia la avenida 15 Las Delicias, vivía
mi abuela Mamá Carmela, es decir, estábamos sobrados de familia, en ese
ambiente me crie, para que vos veáis.
Papá fallece sensiblemente en el
año de 1967, tenía yo 7 años de edad, eso definitivamente configuró mi vida y
mi destino, contra viento y marea estoy echando el cuento, gracias a Dios y a
mi madre; pasaron algunos años, y mi primo hermano Régulo, vecino nuestro, sería
por los años 1.971-1972, estableció en su casa un pequeño abasto, denominado “El
Rinconcito” en el cual aparte de víveres, vendía las Guayabas y los Limones cosechados
por mi madre en el patio de nuestra casa.
El primo hermano Régulo, tenía una particular forma de mirar, de abajo hacia arriba, mamá me contó que fue la secuela de una fuerte fiebre, pandemias locales de época, llamada por la gente “La Perniciosa” sufrida siendo niño, llegando a tal extremo su temperatura corporal, que se le viraron los ojos y se quedó el muchacho así, mirando para arriba toda su vida.
Una mañana de tantas, mamá me
encargó fuera a la tiendita del primo Régulo, por un paquete de fideos, un cuarto
de kilo de Queso de Año y un potecito de salsa Ronco, para los espaguetis del
almuerzo de aquel día; al llegar a la tienda para hacer el mandado, sorpresa la mía que los acuciosos y enrevesados ojos de
mi primo hermano Régulo, detectaron la simiente de la abundante vellosidad, que
apenas afloraba sobre mi boca y pecho, diciéndome: -Muchacho vos si váis a ser
peluo! Fue tal mi pena y pudor, que, por esa, digo hoy tontería, deje de
visitar la tiendita de mi primo hermano Régulo.
JLReyesMontiel
domingo, 25 de abril de 2021
El Palo de Escoba.
El Empedrao, popular suburbio marabino, en aquellos buenos y gentiles años del primer cuarto del siglo XX, una carrandanga de jóvenes se disputaban la voluptuosidad de una señora casada, cuyo cornudo marido, trabajaba como Celador de alguna de tantas productivas empresas vernáculas de la ciudad.
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Planta típica de una Casa Antañona de Maracaibo (Finales del siglo XIX y primer cuarto del siglo XX). |
miércoles, 7 de abril de 2021
Las mañanas son alegres, el ocaso triste.
No existe tiempo del día más
alegre que el despertar, la noche nos renueva, durante el sueño somos una
Crisálida que al día siguiente vuela con el Sol a una nueva esperanza. Somos
una bandada de mariposas en el concierto ligero de nuestra presencia en este
mundo. Buscamos la felicidad como la Abeja las flores silvestres, y eso es
natural, porque la felicidad como la alegría está ahí, donde las cosas más
sencillas por sublimes, nos encantan, nos llenan de paz y armónica vibración
espiritual.
Por entre el ramaje de las
plantas, el milagro de la naturaleza me tiende una emboscada, una impresión me absorbe
y retrae de la realidad a la ficción, alucinando seres increíbles, lo imposible
es posible cuando palpamos la asombrosa vida natural que tenemos, y solo
podemos suponer la que no vemos, esa es precisamente nuestra fe y esperanza.
La simplicidad me deleita con sus
ricos celestes matices, es toda una joya materializada en el jardín de mi madre, una diadema
en el purificado decorado verde que me abraza con sus encantos atizados por la
brisa sobre mi cara, maravillado en mi ingenua infancia iba celebrando aquellos
regalos que la luz de la mañana me brinda en el patio de mi casa.
Soy también parte de ese entorno
en la metamorfosis de mis pensamientos, introvertido, encerrado en mi pequeño
mundo, mi casa, un camino al colegio, otro a la tienda del señor Gabriel, otro
a casa de mi abuela centenaria y a que mis tíos, no había otros caminos por
andar, estaban a la espera incierta al salir de mi pueril Crisálida.
Incauto empeño el mío, con toda
mi vista sobre los matices celestes de aquella capsula milagrosa, incapaz de
romperlo para ver lo que había dentro, la curiosidad me abruma, pero sus
broches de oro eran botones que al Capullo afirmaban su regia vestimenta, semejante
e inmaculado decorado resultaba un pecado seccionar por mucha inquieta búsqueda
de su interior, preferí preguntarle a mamá y fue ella quien dijo: -Es un
Capullo de Mariposa.
Por un tiempo volví al enigmático adorno que colgaba de la rama del árbol, y no era más que un caparazón abandonado, una vestidura rasgada y tiesa, sin sus celestes matices y sin sus broches de oro puro; la Mariposa se fue volando, nunca atiné verla florecer de sus capullos, solo de roñosas larvas a fantásticas Mariposas las veía; era todo un secreto verlas nacer, como un secreto era para mí, el parto doloroso de las madres encintas.
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Atardecer en Santiago de Chile, vista hacia la Cordillera de la Costa. |
JLReyesMontiel.
domingo, 21 de marzo de 2021
Al Papa de Roma.
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Benemérito General Juan Vicente Gómez |
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Laureano Vallenilla Lanz |
sábado, 6 de marzo de 2021
Una Mirada al Sol.
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José Luis Reyes Montiel |
Cuando mi madre me trajo al
mundo, cruce del amor con mi padre, heredé la esencia pura de una generación
noble y trabajadora, esa es mi mayor riqueza, incomparable a cualquier legado
material en oro y plata; pues los valores éticos están por encima de toda
perfidia. No tengo la necesidad de subrogarme nombres ni menciones, para
sentirme mejor, me basta su recuerdo y ejemplo para sentirme más que
recompensado.
Hace algunos años atrás, aún
Venezuela gozaba de su estándar vivencial, vacacionando y disfrutando la brisa
costanera de la Playa El Supí en la Península de Paraguaná, conversando con un
cercano hombre de negocios, le comenté mi idea de adquirir el viejo hotel donde nos hospedamos, pues tenía anuncio de venta en su entrada, incluso hasta le propuse
asociarnos y buscar algún crédito bancario, aprovechando las facilidades que se
le dan al sector turismo.
El hombre, trago en mano, que es
cuando las verdades se dicen espontaneas, sin mayor cuidado me propuso:
-Salimos mejor y sin lidias de estar acá llevando Sol y Sal, hacer un Registro
de Comercio, presentar la propuesta de adquirir el hotel, pedir el crédito al
banco, quedarnos con los reales y olvidarse después de hotel y proyecto alguno…
Yo me callé y me tomé mi trago de fermentos de maltas escocesas sin avanzar
opinión alguna, dejando a un lado el tema, mirando el insondable y a la vista infinito
mar Caribe, en su horizonte azul, moteado de nubes surcando el cenit, empujadas
por el constante viento norte de la Paraguaná ancestral.
Recuerdo también, cuando enterados del inicio de mis actividades como funcionario público
tributario, me decían: -Ahora si te váis a poner en la buena, estáis donde
hay... Yo solo los miraba y dejaba hablar, así los conocía mejor para que replicar la insensatez de
los mediocres.
Veintitrés años de servicio en mi carrera administrativa tributaria, culminaron una carrera profesional como Abogado, egresado del Alma Mater del Zulia (LUZ) La Universidad del Zulia.
Durante esos años y previos a ellos, durante mi actividad profesional en libre ejercicio, traté siempre de mantenerme al margen de todo sentido antiético, y ante las circunstancias, vivir modestamente, ante cualesquiera otras posibilidades que favorecían el camino más fácil pero deshonroso.
Como vocifera la jauría postrimera, otros como se victimizan en su connivencia patibularia, como escupen la culpa
que ostenta sobre sus frentes, los que no llevan de si el decoro humano de la
honradez, parafraseando un poco el pensamiento de Martí; es así como, el
destino de todo un país se vino abajo, se arruinó, entre los acordes
vociferantes de desgraciados malhechores y la inmuta, burda y falaz complacencia
de los trepadores de oficio, los sepulcros blanqueados, elegancias de cuello
blanco y corbata de disimulada delincuencial, escurridizos por entre las
piernas de mediocridades encumbradas, los segundones y esquiroles, generación
nefasta, excrecencias de una sociedad éticamente enferma.
¿Hasta dónde seguirá llegando la
destrucción de nuestro país? Preguntó una amiga comunicadora social en su
portal, en ese instante le comenté: -Sentidamente una pregunta incontestable…
Ahora discierno responder con otra pregunta incontestable: - ¿Hasta dónde
llegará la orfandad de nuestros valores?
Las nuevas generaciones, las que se levantan a la luz del ejemplo de los buenos, los que se mantuvieron al margen de la impudicia generalizada, tienen en sus manos la siembra, la siembra del buen fruto, del buen futuro, para una Venezuela digna, renovada, será una mirada al Sol nuestra regeneración como nación, surgida de las cenizas del oprobio, y esa es nuestra esperanza.
Abogado JLReyesMontiel.
jueves, 25 de febrero de 2021
La Tía Juana.
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Imagen referencial de época, segunda mitad del siglo XIX |