![]() |
P.P. Luis Moreno. |
Había sido mi profesor de Educación
Artística y luego de Historia del Arte, dos materias terribles para muchos de
mis compañeros de clase, quizás tanto como las famosas tres Marías, Física, Química
y Matemáticas; fueron los maravillosos y juveniles años de 1970 – 1975, entre
mi casa y el Colegio, el itinerario necesario entre los sueños e ilusiones de
efervescentes pensamientos e idearios replegados, entre las hojas de mis viejos
libros.
Aquel hombre, español de pura cepa, sacerdote Paul, de pequeño pero bien
formado físico, Futbolista, cuando comenzaba a conversar no tenía cuando parar,
con la ilación de su castizo e ibérico acento y su sonrisa, mientras su mirada reafirmaba
cada palabra, enmarcados sus ojos por los gruesos lentes de su miopía, visual únicamente,
pues hay miopes que ven pero sin ver, pues son miopes del pensamiento, incapaces
de mirar un poco más allá de lo aparente, cosa triste pero fatal, causa de
nuestra ruina intelectual.
El Padre Luis Moreno, así de
informal, como su presencia, su bolígrafo siempre en su bolsillo de camisa, por
si había que explicar algo en el pizarrón o señalarlo en las gráficas del viejo
aparato proyector de imágenes opacas en el Salón de Audiovisuales, sus clases
no eran clases, eran temarios magistrales de arte, sobre pintura, la luz entre Rembrandt y Van Gogh, la sobre
dimensionalidad de El Greco, la composición de Velázquez, lo expresivo y
figurativo de Goya, lo onírico en Salvador Dalí y las abstracciones de la
realidad de Picasso; sobre arquitectura,
desde las pirámides y los órdenes clásicos griegos, seguida de la escultura, la
rigidez oriental mesopotámica y egipcia y los cánones de la escultura grecorromana.
No podían faltar los órdenes arquitectónicos
religiosos desde el Románico y su arco
de medio punto, pasando por el Gótico y su arco Ojival hasta el Barroco y Rococó, sobre cargado de elementos decorativos
de todos los otros órdenes.
¿Quién con una disertación así no
se bebía sus clases? trasladándote al sitio y momento histórico de cada
escenario y cada personaje del arte y su obra, a través de cada cultura y
pueblo, de cada tiempo y espacio de la creación artística de la humanidad.
¡Ah! Pero el padre Moreno tenía
un carácter, propio de todo buen maestro, justo con el buen estudiante y cumplidor, pero
severo con los malos y flojos, recuerdo
que cuando alguno de sus alumnos no respondía correctamente a las pruebas
orales, pantalla en mano, con el reproductor gráfico, como solía evaluar,
recuerdo el caso de un pequeño burgués, muy conocido y cuyo nombre omito, preguntándole
sobre el Pórtico de la Iglesia de Santiago de Compostela, él muy ocurrente muchacho le respondió -¡Ah! Estas
son las escaleras de la iglesia- causando la hilaridad del grupo y el padre
Moreno le replico… -¡serán las escaleras de tu casa!-… y aumento la risa entre
los muchachos… y lo mandó a sentar con tremendo 00.
Pero también, el padre Moreno,
como todo sacerdote o profesor que se respete en el otrora Colegio no se ahora,
tenía su sobrenombre impuesto por la muchachada, su seudónimo “Fuduco” que quería
decir no me pregunten, porque nunca nadie supo ni de donde salió ni quién lo
invento, Fuduco lo pusieron y Fuduco se quedó; quizás alguna vez llegó a saber
su sobrenombre, pero estoy seguro que entre la simplicidad y el arrebato de su carácter
dejaba pasar el improperio del seudónimo que al final de cuentas no quería
decir nada.
Se acercaba el final de curso,
era aquel año de 1973, y los muchachos inventaron una salida de paseo en grupo,
para deslastrar el estrés de las evaluaciones; ¡que si para el zoológico!, estaba recién inaugurado
el Parque Sur de Maracaibo, ¡que si para una playa!, y dos profesores fueron
propuestos acompañarnos para dicho paseo, el Lic Manuel Negrón y el padre Moreno.
Terminó acompañándonos para la
playa el padre Luis Moreno, entonces aún habían unas playas aptas al norte de
Maracaibo, las que van desde Las Palmeras hasta la playa de la Universidad del
Zulia, entre ellas la playa de las otrora Fuerzas Armadas Policiales del Zulia,
la playa de la policía, como era conocida popularmente, cedida al grupo escolar por algún representante
vinculado a dicha Fuerza Pública.
Cada quién hizo su aporte en
efectivo para pagarle al chofer del bus del Colegio, se compraron además refrescos
y chucherías, algunos representantes brindaron aparte refrescos, sándwiches y
perros calientes, y arrancamos rumbo a la playa de la Policía, tomamos las
Delicias y después la vieja carretera vía Santa Rosa, pues aún no estaba
construida la actual avenida Milagro Norte; la pasamos de maravilla el padre
administro las viandas y hubo para todos, jugamos con el padre Moreno pelota,
futbol, volibol, nos bañamos y asoleamos, regresamos al Colegio como a las
cinco de la tarde, quemados por el intenso Sol de nuestro Lago, rojos todos
como camarones.
Un día triste, fue aquel, cuando a
los meses de graduarme de abogado, me enteré de la infausta noticia, el padre
Luis Moreno murió de un tumor en la cabeza, su muerte fue tan sorpresiva como inevitable,
apenas unos meses antes sostuvimos una breve conversación en el estacionamiento de Humanidades, me quedó
el recuerdo de su encuentro casual, mientras ambos esperábamos la buseta o el
carrito de Ziruma, él para retornar a su amado Colegio y yo para regresar a
casa.
Tengo la certeza, de haber
conocido un ser humano de excepción, él no se propuso ser ningún santo ni
beato, pero si fue un hombre digno y esforzado, estudioso y educador, quien aparte
de haber sido sacerdote, tenía los carismas de la erudición con un firme
sentido de la austeridad.
José Luis Reyes Montiel.